Dentro de la serie de coincidencias que me gusta enmarcar en la noción de azar objetivo, he recibido recientemente la petición de parte de la poeta Gema Santamaría de escribir un prólogo para una antología personal que Otoniel Guevara, poeta salvadoreño, editará en su sello que si no me falla la memoria se llama La Chifurnia. Según me informa Gema, el libro de Otoniel formará parte de una serie que publicará más o menos apresuradamente para llevar a Venezuela en los próximos meses o en las próximas semanas, si no es que en las próximas horas. Esa serie de libros cubrirán, si he entendido bien, la región centroamericana con un autor (o autora) por cada país. Gema ha sido elegida, como resulta evidente, por Otoniel para representar (con lo problemático que este verbo podría resultar) a Nicaragua. A continuación, el texto que he escrito para que sirva de presentación a la muestra de casi cuarenta poemas que la autora ha seleccionado de entre su obra édita e inédita.
Fuimos y seremos casas incompletas: Genealogía de una palabra errante
Gema Santamaría nació en Managua un par de meses después que se instaurara el gobierno revolucionario sandinista. 1979 es para ella, pues, un año que con toda justicia podría llamar original. Punto de partida de una biografía en que la única constante parece ser el cambio, este hecho determinaría luego, en gran medida, el primer desplazamiento geográfico importante de nuestra poeta. De la capital de Nicaragua a la de México, ella —siendo todavía una niña sin edad para ir a la escuela— se mudó con su familia huyendo de las consecuencias de un proyecto político que ubicaba al pequeño país centroamericano en un terreno tristemente privilegiado de la por entonces todavía hirviente Guerra Fría. En el otrora Distrito Federal, refugio de tanto exilio y hogar de tanto duelo, Santamaría adquiriría no solo pleno uso de lenguaje y el primero de los muchos títulos académicos que la vida le depararía (a saber, el de la primaria), sino también lo que podríamos enunciar como una presencia en la realidad virtual que es la escritura.
Fue en el fanzine mexicano Oquedad del silencio, que una jovencísima poeta y editora llamada Jocelyn Pantoja publicaba en la preparatoria La Salle del Pedregal, donde un texto de Santamaría vio por primera vez la luz y pudo llegar a lectoras y lectores más allá de la intimidad de la autora, que todavía no cumplía ni siquiera 15 años. Es necesario señalar que este segundo origen, ahora literario, ocurrió cuando Santamaría había regresado a Managua, luego de que las elecciones nicaragüenses de 1990 dieran por terminado el experimento revolucionario de la década anterior. Ese primer poema publicado, “Despidiendo a mi fúnebre amante”, aparecería luego en Piel de poesía, editado a la vez en México y Nicaragua bajo los sellos, respectivamente, de Opción, revista literaria del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), y de 400 Elefantes, revista nicaragüense dirigida por Marta Leonor González y Juan Sobalvarro.
Como ya se va intuyendo entonces, la actividad literaria de Gema Santamaría se liga de manera inextricable a una suerte de doble nacionalidad nicaragüense-mexicana que ella ciertamente no eligió pero de la que tampoco ha renegado nunca. Entre comienzos y finales de los años 1990 su biografía nos ubica en Managua, donde acaba la escuela e inicia sus estudios superiores. La Universidad Católica Redemptoris Máter (Unica), que por esos años tenía como rector al poeta nicaragüense Pablo Antonio Cuadra, muy influyente en las letras (y, en general, en la cultura) de su país, es donde nuestra autora inicia su vida universitaria. Cuadra, que era también director del prestigioso medio nicaragüense La Prensa Literaria —del cual poco después, y hasta su desaparición una década más tarde, se encargaría González—, fue autor del prólogo del ya mencionado primer libro de Santamaría: Piel de poesía. Esta colección de treinta y tantos poemas, de los cuales ninguno está recogido en el presente volumen ni en el también recopilatorio Breves incendios, recientemente publicado por Quiebraplata (2023), inaugura en 2002 una bibliografía que continuaría con títulos también editados en México: Antídoto para una mujer trágica, bajo el sello de Mezcalero Brothers (2007), y Transversa, que Pantoja publicó en su Proyecto Literal (2009).
Nada de lo hasta aquí dicho, sin embargo, si siguiéramos algunas teorías que abogan por la supremacía del texto o de su recepción por encima de cualquier elemento autorial, importaría un jocote. No tendría sentido tampoco decir que Santamaría, luego de graduarse del ITAM tras abandonar la Unica, continuó estudios de posgrado en Nueva York y Londres, y que se convertiría en una experta en violencia, con sólida formación en teoría de género, sociología e historia. Mencionar que, después de irse de Nicaragua a finales de los años noventa, y salvo algunas visitas ocasionales, no ha regresado a su país natal, sería también un desatino. Lo mismo que agregar que en una de esas visitas, en 2012, Ulises Juárez Polanco, narrador y editor nicaragüense que siete años antes había editado junto a Francisco Ruiz Udiel una antología generacional que incluía a nuestra poeta, la entrevistó en un evento público dentro de un ciclo que se llamó #Los2000: Autores nicaragüenses del nuevo milenio, y que fue allí donde yo, junto con Enrique Delgadillo Lacayo y Mario Martz, con quienes luego iniciaría la editorial Quiebraplata, escuché por primera vez la poesía deslumbrante de Gema Santamaría.
Es esta una poesía que, como podrá usted leer a continuación, no intenta desafiar las convenciones más o menos consensuadas del lenguaje que solemos utilizar para (fingir) comunicarnos. Es temáticamente una poesía que se mueve alrededor del Yo empírico de la autora: mujer - migrante - intelectual - hija - madre - ser humano. Un Yo que, como se ha visto y se verá, no tiene ningún reparo en desnudar su ser ante quienes, con reverencia o morbo, entramos en el territorio de sus letras. Desde el punto de vista estético, pese a lo dicho al inicio de este párrafo, esta poesía ostenta una serie de procedimientos de complejidad variable que logran despistar a un lector desatento. Usted verá, usted verá. Gema Santamaría consigue hacernos creer que nos habla al oído y que su voz se emite con una facilidad cercana a la respiración o el parpadeo. Hay en el fondo de sus actos de habla, sin embargo, quiero decir, en lo menos evidente de sus versos, una retórica nada sencilla que, igual que la respiración o el parpadeo, implica todo un sistema perfectamente coordinado y depurado tras una larguísima y no pocas veces dolorosa evolución genealógica.
Pienso que una de las ideas persistentes de este conjunto, y acaso de la totalidad de la obra poética santamariana, es la de la casa como un lugar siempre deseado. De ahí el título que he dado a esta ya tal vez demasiado prolongada arenga. “Fuimos y seremos casas incompletas”, usted verá, usted verá, es un verso de uno de los poemas de esta colección que la propia autora ha compilado para quienes, con morbo o reverencia, nos acercamos al sagrado territorio de sus letras. Estos textos, le comento, persona que todavía me lee, son en buena parte inéditos, no incluidos en ninguno de los libros anteriores de nuestra autora (sí, ya sé que no es en realidad nuestra sino por completo suya de ella misma y de nadie más). Y luego de decir esto, y de agregar, sin necesidad alguna, que ni mi lectura ni el guiño que la propia poeta hace al titular este libro como lo ha hecho deberían influir en la experiencia que usted tenga con estos poemas, pongo el siguiente punto. Y uno más.
Universidad de la Columbia Británica
(a donde vine a robar internet)
14 de septiembre de 2024