lunes, 16 de septiembre de 2024

Un prólogo a una antología personal de Gema Santamarí

Dentro de la serie de coincidencias que me gusta enmarcar en la noción de azar objetivo, he recibido recientemente la petición de parte de la poeta Gema Santamaría de escribir un prólogo para una antología personal que Otoniel Guevara, poeta salvadoreño, editará en su sello que si no me falla la memoria se llama La Chifurnia. Según me informa Gema, el libro de Otoniel formará parte de una serie que publicará más o menos apresuradamente para llevar a Venezuela en los próximos meses o en las próximas semanas, si no es que en las próximas horas. Esa serie de libros cubrirán, si he entendido bien, la región centroamericana con un autor (o autora) por cada país. Gema ha sido elegida, como resulta evidente, por Otoniel para representar (con lo problemático que este verbo podría resultar) a Nicaragua. A continuación, el texto que he escrito para que sirva de presentación a la muestra de casi cuarenta poemas que la autora ha seleccionado de entre su obra édita e inédita.



Fuimos y seremos casas incompletas: Genealogía de una palabra errante 


Gema Santamaría nació en Managua un par de meses después que se instaurara el gobierno revolucionario sandinista. 1979 es para ella, pues, un año que con toda justicia podría llamar original. Punto de partida de una biografía en que la única constante parece ser el cambio, este hecho determinaría luego, en gran medida, el primer desplazamiento geográfico importante de nuestra poeta. De la capital de Nicaragua a la de México, ella —siendo todavía una niña sin edad para ir a la escuela— se mudó con su familia huyendo de las consecuencias de un proyecto político que ubicaba al pequeño país centroamericano en un terreno tristemente privilegiado de la por entonces todavía hirviente Guerra Fría. En el otrora Distrito Federal, refugio de tanto exilio y hogar de tanto duelo, Santamaría adquiriría no solo pleno uso de lenguaje y el primero de los muchos títulos académicos que la vida le depararía (a saber, el de la primaria), sino también lo que podríamos enunciar como una presencia en la realidad virtual que es la escritura. 

Fue en el fanzine mexicano Oquedad del silencio, que una jovencísima poeta y editora llamada Jocelyn Pantoja publicaba en la preparatoria La Salle del Pedregal, donde un texto de Santamaría vio por primera vez la luz y pudo llegar a lectoras y lectores más allá de la intimidad de la autora, que todavía no cumplía ni siquiera 15 años. Es necesario señalar que este segundo origen, ahora literario, ocurrió cuando Santamaría había regresado a Managua, luego de que las elecciones nicaragüenses de 1990 dieran por terminado el experimento revolucionario de la década anterior. Ese primer poema publicado, “Despidiendo a mi fúnebre amante”, aparecería luego en Piel de poesía, editado a la vez en México y Nicaragua bajo los sellos, respectivamente, de Opción, revista literaria del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), y de 400 Elefantes, revista nicaragüense dirigida por Marta Leonor González y Juan Sobalvarro. 

Como ya se va intuyendo entonces, la actividad literaria de Gema Santamaría se liga de manera inextricable a una suerte de doble nacionalidad nicaragüense-mexicana que ella ciertamente no eligió pero de la que tampoco ha renegado nunca. Entre comienzos y finales de los años 1990 su biografía nos ubica en Managua, donde acaba la escuela e inicia sus estudios superiores. La Universidad Católica Redemptoris Máter (Unica), que por esos años tenía como rector al poeta nicaragüense Pablo Antonio Cuadra, muy influyente en las letras (y, en general, en la cultura) de su país, es donde nuestra autora inicia su vida universitaria. Cuadra, que era también director del prestigioso medio nicaragüense La Prensa Literaria —del cual poco después, y hasta su desaparición una década más tarde, se encargaría González—, fue autor del prólogo del ya mencionado primer libro de Santamaría: Piel de poesía. Esta colección de treinta y tantos poemas, de los cuales ninguno está recogido en el presente volumen ni en el también recopilatorio Breves incendios, recientemente publicado por Quiebraplata (2023), inaugura en 2002 una bibliografía que continuaría con títulos también editados en México: Antídoto para una mujer trágica, bajo el sello de Mezcalero Brothers (2007), y Transversa, que Pantoja publicó en su Proyecto Literal (2009). 

Nada de lo hasta aquí dicho, sin embargo, si siguiéramos algunas teorías que abogan por la supremacía del texto o de su recepción por encima de cualquier elemento autorial, importaría un jocote. No tendría sentido tampoco decir que Santamaría, luego de graduarse del ITAM tras abandonar la Unica, continuó estudios de posgrado en Nueva York y Londres, y que se convertiría en una experta en violencia, con sólida formación en teoría de género, sociología e historia. Mencionar que, después de irse de Nicaragua a finales de los años noventa, y salvo algunas visitas ocasionales, no ha regresado a su país natal, sería también un desatino. Lo mismo que agregar que en una de esas visitas, en 2012, Ulises Juárez Polanco, narrador y editor nicaragüense que siete años antes había editado junto a Francisco Ruiz Udiel una antología generacional que incluía a nuestra poeta, la entrevistó en un evento público dentro de un ciclo que se llamó #Los2000: Autores nicaragüenses del nuevo milenio, y que fue allí donde yo, junto con Enrique Delgadillo Lacayo y Mario Martz, con quienes luego iniciaría la editorial Quiebraplata, escuché por primera vez la poesía deslumbrante de Gema Santamaría. 

Es esta una poesía que, como podrá usted leer a continuación, no intenta desafiar las convenciones más o menos consensuadas del lenguaje que solemos utilizar para (fingir) comunicarnos. Es temáticamente una poesía que se mueve alrededor del Yo empírico de la autora: mujer - migrante - intelectual - hija - madre - ser humano. Un Yo que, como se ha visto y se verá, no tiene ningún reparo en desnudar su ser ante quienes, con reverencia o morbo, entramos en el territorio de sus letras. Desde el punto de vista estético, pese a lo dicho al inicio de este párrafo, esta poesía ostenta una serie de procedimientos de complejidad variable que logran despistar a un lector desatento. Usted verá, usted verá. Gema Santamaría consigue hacernos creer que nos habla al oído y que su voz se emite con una facilidad cercana a la respiración o el parpadeo. Hay en el fondo de sus actos de habla, sin embargo, quiero decir, en lo menos evidente de sus versos, una retórica nada sencilla que, igual que la respiración o el parpadeo, implica todo un sistema perfectamente coordinado y depurado tras una larguísima y no pocas veces dolorosa evolución genealógica. 

Pienso que una de las ideas persistentes de este conjunto, y acaso de la totalidad de la obra poética santamariana, es la de la casa como un lugar siempre deseado. De ahí el título que he dado a esta ya tal vez demasiado prolongada arenga. “Fuimos y seremos casas incompletas”, usted verá, usted verá, es un verso de uno de los poemas de esta colección que la propia autora ha compilado para quienes, con morbo o reverencia, nos acercamos al sagrado territorio de sus letras. Estos textos, le comento, persona que todavía me lee, son en buena parte inéditos, no incluidos en ninguno de los libros anteriores de nuestra autora (sí, ya sé que no es en realidad nuestra sino por completo suya de ella misma y de nadie más). Y luego de decir esto, y de agregar, sin necesidad alguna, que ni mi lectura ni el guiño que la propia poeta hace al titular este libro como lo ha hecho deberían influir en la experiencia que usted tenga con estos poemas, pongo el siguiente punto. Y uno más. 

Universidad de la Columbia Británica (a donde vine a robar internet) 
14 de septiembre de 2024

jueves, 12 de septiembre de 2024

La muerte del autor

En otra de las coincidencias no tan inesperadas que ocurren en mi vida, acabo de encontrar un libro de Roland Barthes en la sala de estudios del departamento que alberga la maestría en la UBC. El libro en cuestión, titulado en inglés The Rustle of Language y publicado en 1989 por la editorial de la Universidad de California (Berkely y Los Ángeles), es una traducción del original en francés Le bruissement de la langue (Editions du Seuil, 1984). 

Un ensayo fechado en 1968, "The Death of the Author", llama de inmediato mi atención. Pienso, en principio, en Luis Topogenario, autor nicaragüense radicado en Uruguay cuyo nombre real su voluntad quiere ocultar al público. En alguna de sus reflexiones o ensayos literarios he leído que, para él, el autor es lo que menos debe importar a la hora de leer un texto. Intuyo que sus ideas entroncan con las de Barthes. 

Pienso también en la observación que, tras leer un par de ensayos que escribí sobre dos de los autores que pretendo estudiar en mi tesis, me hizo mi asesor, el profesor John Beasley-Murray. Veo algo sintomático en tu manera de leer, me dijo, palabras más palabras menos: haces, por un lado, una lectura formalista, contando sílabas métricas y demás, y por otro, una, digamos, sociológica. No es que sea algo malo per se, añadió, pero es llamativo. 

(continuará...)

martes, 6 de abril de 2021

«Cuando ya todo se acaba, solo queda lenguaje»: entrevista con Jesús Montoya

Conversación con el poeta venezolano en torno al libro con el que obtuvo el I Premio Hispanoamericano de Poesía Francisco Ruiz Udiel.

ENTREVISTA PUBLICADA ORIGINALMENTE EN EL NÚMERO 7 (JULIO 2018) DE LA REVISTA ÁLASTOR 


CARLOS M-CASTRO

Jesús Montoya es un ser hecho de signos y sonidos. Alguna vez fue un niño que jugaba al baloncesto y salía de casa a contemplar, muy seguramente absorto, los parajes inconmensurables de los Andes venezolanos en su Tovar natal, unos mil metros sobre el nivel del mar, en Mérida, el estado de la región andina con los picos más altos de la república bolivariana. Allí desde siempre las montañas, los ríos, las lagunas, el clima todo el año delicioso; allí desde hace un tiempo la violencia, las protestas ciudadanas, las carencias en el día a día de la gente. Allí, desde su nacimiento en diciembre de 1993 —no, no a medianoche del 24—, en esa localidad próxima a Táchira —el más occidental de los estados andinos venezolanos— y habitada por unas cien mil personas, creció, confundido entre ellas, este poeta que en su adolescencia era aficionado al rap.

viernes, 23 de agosto de 2019

La Resistencia de la palabra



1
Es el Tedio. Así llamó un parisino de 36 años al mayor mal moderno hace más de siglo y medio. Su observación abarcaba un ámbito específico: la ciudad.
El París de mediados del XIX era un germen de urbe en desarrollo hiperbólico, desde entonces visto como la Meca de los intelectuales del mundo. Sin ser todavía una fiesta, la capital de Francia llegó a convertirse en el sueño de escritores como Rubén Darío, futuro cabecilla del movimiento de renovación hispanoamericano conocido como Modernismo que para fines de esa centuria había prácticamente reinventado un idioma.
Modernidad. La era a la que ese parisino —llamado Charles Baudelaire— dio un nombre y un retrato esquizoide reclamaba con fuerza una configuración propia y personajes cada vez más delirantes. La pequeña burguesía, que durante el Segundo Imperio bonaparteano acumulaba fuerzas y ya en la Tercera República se asentó definitivamente en el poder, llevó sus ansias de elegancia hueca hasta las calles: nace aquí de cierto modo el concepto de espacio público, aunque con fines comerciales.
Desde antes, entre los años veinte y cincuenta del siglo, París se transforma de una aldea lujosa a una ciudad con rostro protomoderno. Se construyen calles, pasajes (o galerías, que parirían luego lo que hoy conocemos como centros comerciales) y bulevares. La vida cotidiana se acelera: surgirá pronto la locomotora como medio de transporte de pasajeros y el automóvil se anunciará en modelos prototípicos de vehículos autopropulsados por vapor cada vez más veloces. La Revolución Industrial demanda a voz en cuello mano de obra en las ciudades. Suenan los silbatos. Escupen las chimeneas grandes bocanadas de progreso. Se sustituye el arado por el yunque.

miércoles, 3 de julio de 2019

Leer es subvertir la realidad: brevísimas memorias de un (pésimo) lector




La familia

El hombre se acerca a la banca una mañana soleada y, naturalmente [ciudad tropical minada por lagunas volcánicas y a muy baja altura], calurosa. Muy calurosa. Su vestimenta, sin embargo, es impoluta y pesada; lleva botas, varias capas de ropa se adivinan bajo su guerrera, usa quepis: es un militar. Se sienta y despliega frente a su rostro un ejemplar de diario, circunspecto, una pierna sobre la otra en cartabón. A pocos metros, una mujer que vende frutas lo observa; interrumpe el pregón con que intenta atraer clientes:
—Está al revés —interpela al hombre. El diálogo habría ocurrido en Managua algún día previo al 19 de julio de 1979, cuando los dirigentes de la insurrección que se levantaría en contra del Gobierno entraban triunfantes a la capital del país controlado hasta entonces, y desde cuatro décadas antes, por una familia sin apenas oposición formal; al fundador de la dinastía, jefe del ejército nicaragüense organizado por los Estados Unidos, que a principios del siglo XX intervenían Nicaragua con sus tropas de ocupación por las razones de siempre, le habían sucedido en fila sus dos hijos varones y ya el nieto esperaba turno—. Oficial, tiene el periódico de cabeza —insiste ella, levantando las cejas como señalando el yerro.

domingo, 17 de marzo de 2019

Volarse las trancas: 15 poetas novoseculares nicaragüenses

He concluido hace pocos días la edición de una antología de poesía reciente escrita (en español) por nicaragüenses nacidos entre 1979 y 1996. Próximamente empezará a circular un adelanto del libro en al menos una revista electrónica (copiaré aquí mismo, más abajo, el enlace) y estará también disponible para descarga en PDF (dentro de un tiempo prudencial) y en su versión impresa bajo demanda (a la mayor brevedad posible). De todo iré dando cuenta en esta misma hoja.

jueves, 19 de julio de 2018

Esquema hegemónico en la periodización de la literatura nicaragüense



Existe un discurso hegemónico en el relato de la literatura nicaragüense según el cual esta habría sido inaugurada por Rubén Darío (1867-1916) y a partir de él se sucederían movimientos de continuación, en armonía casi edénica, que se categorizan generalmente bajo etiquetas estéticas o biologicistas. Una narración que hasta ahora ha tendido a ignorar lo ocurrido en la literatura nicaragüense desde la década de los noventa, o incluso desde poco antes.

jueves, 3 de mayo de 2018

Viajar de Bakú a Tiflis: de cuando nos deja el tren



Diego y yo corríamos de la estación a la plataforma de abordaje. En el tren nos esperaban mi esposa y nuestros otros dos hijos: el bebé de dos años y la quinceañera. Aprovechando la semana de asueto en Azerbaiyán por la celebración de Novruz —el Año Nuevo persa, marcado por el inicio de la primavera—, habíamos decidido ir a conocer Tiflis, la capital de Georgia, que está unos quinientos kilómetros al noroeste de Bakú —una distancia similar a la que hay entre algunas capitales centroamericanas—. Diego y yo corríamos, y cuando llegamos a la plataforma y oímos el crujir de los rieles aplastados por la mole de fabricación soviética, y vimos los vagones a nuestro alcance, corrimos todavía más.

martes, 27 de marzo de 2018

Sergio Ramírez, poeta nicaragüense (Masatepe, 1942)



Vi por primera vez en persona a Sergio Ramírez una mañana de 2009. Diría que era un día soleado, si con eso algo dijera: acompañaba a un amigo periodista a entrevistarlo en su casa de Managua. Tras tocar la puerta, un poeta, también amigo mío, nos dio la bienvenida —para sorpresa mía— en su función de secretario particular o publirrelacionista (nunca supe bien) del hoy premio cervantes. 

miércoles, 21 de marzo de 2018

Umbrales textuales de Manuel Membreño (Managua, 1988)



La relación del artista con la tradición cultural que encuentra al momento de ingresar al campo intelectual (en el momento, pues, de su emergencia), su función como actor social y la utilidad misma de la obra de arte como producto de su trabajo son algunas de las reflexiones clave en la literatura de Manuel Membreño (Managua, 1988). Los dos libros que a la fecha ha publicado, Flojera (2012) y Poemas sin esquina (2013), problematizan estos temas ya desde el paratexto, en sus umbrales (al decir de Genette), y una serie de otras operaciones transtextuales son igualmente ejecutadas para ello.